EL TIEMPO EN ESTEPA

EL TIEMPO: PREVISIÓN METEOROLÓGICA PARA ESTEPA

miércoles, 14 de marzo de 2018

DON MANUEL LASSALETTA MUÑOZ SECA UN PÁRROCO MUY QUERIDO POR LOS ESTEPEÑOS, Y UNA FIGURA ESENCIAL EN NUESTRA SEMANA SANTA





DON MANUEL  LASSALETTA  MUÑOZ  SECA
UN PÁRROCO MUY QUERIDO POR LOS ESTEPEÑOS,
Y UNA FIGURA ESENCIAL EN NUESTRA 
SEMANA SANTA

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La Semana Santa de Estepa no sería igual a la que conocemos hoy, porque no estaría completa si en el Destino de esta ciudad por los primeros años de la década de los cincuenta del pasado siglo, no se hubiera cruzado don Manuel. Quien en un principio parecía ser un sacerdote más, con el paso del tiempo y tras ganarse el cariño de la gente, resultó ser aquél hombre excepcional, sencillo y humilde, con un sentido del humor extraordinario que le confería su “puntito” de travesura, caritativo y cariñoso con todo el mundo. Con unas ideas muy peculiares y claras respecto a la forma de entender y vivir la esencialidad de la vida cristiana, y el ejercicio de su ministerio sacerdotal como un válido instrumento religioso y social, favorecedor en la ayuda y el servicio a todos; pero especialmente, a los más débiles de la sociedad. Ese “cura del pueblo”, llano y tan querido, era don Manuel Lassaletta Muñoz Seca. Un sacerdote jerezano, inteligente, bromista, de vida austera y sobrias costumbres, de gran corazón y solidaridad con los más necesitados, y amigo de los trabajadores.
Sus progenitores pertenecían a distinguidas familias de la sociedad de Jerez de la Frontera y del Puerto de Santa María.  Su padre, don Pedro Luís Lassaletta Crussoe, fue alcalde de Jerez en 1915 durante la monarquía de Alfonso XIII, y más tarde, ejerció como abogado que trabajó para la empresa jerezana Bodegas Domecq. 
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Don Pedro Muñoz Seca
Su madre, doña Concepción Muñoz Seca, (quinta de diez hermanos) nació en el Puerto de Santa María después que su hermano el célebre comediógrafo don Pedro Muñoz Seca; prolífico escritor y genial autor de teatro, que murió fusilado el 28 de noviembre de 1936 en Paracuellos del Jarama. Era por tanto, tío de don Manuel Lassaletta, a quien le adornaba idéntico humor y el “gran salero” que tenía su tío; ambos eran dos personas desenfadadas, con muy buenos “golpes” de genialidad. De su tío Pedro, autor entre otras muchas de la divertida obra “La Venganza de don Mendo”, se cuenta que dijo esta frase al serle requisadas sus pertenencias tras su detención en Madrid: “Podéis quitarme el reloj, la cartera o las llaves y hasta la vida. Pero hay una cosa que no podéis quitarme: el miedo que tengo”.  Y meses después, antes de ser fusilado, comentó: “Sois tan hábiles que me habéis quitado hasta el miedo”.
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Don Manuel nació en Jerez de la Frontera, el día treinta y uno de diciembre de 1912. Inició sus  estudios eclesiásticos en la Compañía de Jesús, (jesuitas) y en ese período de pertenencia a la Orden de San Ignacio de Loyola, escribió y publicó en Madrid el  pequeño Devocionario “El niño amante de la Virgen”, de lectura especialmente indicada para niños y jóvenes.  En esos años adquiere una sólida formación, y cuando creía que iba a ser ordenado sacerdote, lo enviaron a seguir enseñando en un colegio. A los jóvenes jesuitas los mandaban a misiones de enseñanza y eran denominados dentro de la Orden como “Maestrillos”.
Sus superiores debieron estimar que el fruto aún no estaba “maduro” para la obediencia en aquéllos rígidos años, y debió ser éste el motivo por el que  mandaron al joven jerezano a impartir esas clases; a lo que él en desacuerdo les responde: “no he entrado en el Seminario para ser maestro”. Y abandona la Orden jesuítica  e  ingresa  con posterioridad al año 1945 en el Seminario de Sevilla, siendo ordenado sacerdote Diocesano cuatro años después, el dos de abril de 1949, con el fin de comenzar a ejercer cuanto antes su anhelada labor parroquial. 
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En 1949  –con 37 años–,  y recién ordenado, es  enviado  al que debió ser su primer destino, en el que se ocupaba de las parroquias de dos localidades: Santa Olalla del Cala, (Huelva) donde residía, y El Real de la Jara, (Sevilla); dos pueblecitos en los que permaneció más de un año, dejando en tan poco tiempo una profunda huella y un cariñoso recuerdo entre sus habitantes.  Allá en Santa Olalla del Cala, junto con don Carlos Ros López; su gran amigo, colaborador en todo y “Maestro Nacional” del pueblo, emprendieron una loable labor social dando clases nocturnas en la escuela de don Carlos, enseñando gratis a leer y escribir a gente mayor analfabeta de la postguerra; alumbrándose muchas veces con las velas que don Manuel llevaba de la iglesia, pues la luz eléctrica de entonces se apagaba con bastante frecuencia.
El escritor, periodista y sacerdote jubilado, don Carlos Ros Carballar, hijo de aquél Maestro Nacional de Santa Olalla, atendiendo amablemente mi solicitud –gesto que le agradezco considerablemente–, me ha facilitado valiosa información; datos y recuerdos que tiene de don Manuel Lassaletta en los años de su niñez, cuando vivía en aquél pueblo onubense y contaba con ocho o nueve años de edad. Él, me refiere que la vivienda de don Manuel… “Estaba abierta a todo el mundo y en un gran patio que tenía detrás de su casa jugábamos los chiquillos”. “Todos los meses –relata don Carlos–, tenía que venir su hermana desde Jerez para reponerlo de ropas. No pocas veces se quitaba los pantalones (llevaba sotana) y se lo daba al primer pobre que veía por la calle”. “Un día, invitó a comer a los curas de los pueblos de alrededor y la señora que trabajaba para él, les hizo un guiso de patatas. Como la casa estaba abierta a todo el mundo, entró un pobre y sin que le vieran, se zampó el guiso de los curas. De resultas de lo cual, se murió. ¡El hambre de aquellos años!”
“Otro detalle que recuerdo –continúa don Carlos–, es que él tenía dos pueblos: Santa Olalla y El Real de la Jara, a 8 kilómetros. En aquél entonces se guardaba el ayuno eucarístico rigurosamente. Y él tenía que decir los domingos tres misas. En Santa Olalla, a las 6 y las 10 de la mañana, para partir enseguida por una carretera de tierra entonces, 8 kilómetros, para llegar al Real y decir otra misa. Y todo ello sin desayunar. A veces se desmayaba”.
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Un buen día al principio de la década de los cincuenta –como he dicho más arriba–, el Sino de Estepa y el de don Manuel se unieron. Y de esta unión, Estepa afortunadamente se benefició de las bondades de su nuevo párroco de San Sebastián y de las enriquecedoras iniciativas que trajo consigo. Y nada más llegar, hizo un gran acopio del cariño de sus feligreses. Vino, como era él; ligero de equipaje, con el propósito de ejercer aquí su ministerio acompañado del cuantioso bagaje de humildad y simpatía que traía, con el que logró muy pronto ganarse el respeto, la amistad y el cariño de los estepeños.  
Su labor parroquial en Estepa se centró en trabajar, en hacer cosas para ayudar a quienes lo necesitaban. Pronto se puso manos a la obra y sería harto difícil resumir en tan poco espacio tantas iniciativas y logros conseguidos, pero me centraré en esbozar varios de sus rasgos personales más curiosos y en exponer algunos proyectos que consiguió hacer realidad. Durante los años que ejerció su ministerio en Estepa como párroco de San Sebastián, su espíritu inquieto y su vocación fundadora, propiciaron que fueran tres, las hermandades que se instituyeron bajo sus consejos y dirección espiritual.
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En el año 1954, con la ayuda de don Antonio Caballero García, llevó a buen término la fundación de la popular Cofradía de los niños: La Fervorosa Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Ntro. Padre Jesús en su Entrada Triunfal en Jerusalén y María Santísima de la Victoria. Conocida popularmente como “La Borriquita”.
En 1953, don Manuel y unos albañiles que trabajaban en el recinto de la vieja iglesia de La Victoria, comenzaron ya a forjar la idea y los principios de una Cofradía, en cuyo apartado preliminar de sus Estatutos que él redactó–, se dice: “Nacida esta Hermandad netamente obrera, al pie de un andamio, en una conversación confidencial con los obreros, siempre deseosos de encontrar “su” vida espiritual acomodada al carácter duro y sencillo de su vida ordinaria, en un ambiente esencialmente andaluz y sevillano”. 
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Y así, “al pie de un andamio” se le dio vida, y  por fin en el año 1955 los “blanquillos” de entonces y su párroco, deciden ponerle nombre y fundar su Hermandad Obrera a la que intitulan de María Santísima de Las Angustias, San José Obrero y San Pío X, de Estepa, que un año más tarde, el lunes Santo de 1956 hace su primera Estación de Penitencia con mucha austeridad y escasos hermanos, con un paso prestado y alumbrada con bengalas.
Dos años después, el día 6 de febrero de 1957 se instituye la actual “Hermandad y Cofradía del Santísimo Cristo del Amor, Nuestro Padre Jesús Cautivo y Rescatado y María Santísima del Valle”, conocida como la Hermandad de “Los Estudiantes”. Cofradía hermana de las anteriores por ser hijas nacidas por aquellos mismos años, y fruto del cariño del mismo padre, que aunque no consta como su fundador, sí era el Párroco de San Sebastián y en algo debió guiar, asesorar o dirigir espiritualmente a los entonces jóvenes estudiantes estepeños que fueron sus fundadores.
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Por aquéllos años no sólo centró nuestro personaje sus esfuerzos en la organización de dichas Hermandades. También puso en marcha en nuestra ciudad una célula de la Sociedad de San Vicente de Paúl; institución o asociación de voluntariado laico y católico de carácter benéfico y de caridad, para ayuda de los más pobres y fomento de su dignidad, conocida en todo el mundo con el nombre de Conferencia de San Vicente de Paúl.
Hombre muy activo don Manuel, que recibía los alimentos que eran enviados para ayuda de los pobres, y los repartía en colegios y catequesis.
De su personalidad cautivadora y desenfadada se podían destacar muchas anécdotas, pero baste contar sólo unas pocas para conocer algunos rasgos de su personalidad.
Él, como se ha dicho, era un hombre de vida austera y humilde. Su casa era pobre, carecía de lujos y ostentaciones mundanas, y a veces, hasta de lo más elemental. Pero a pesar de su forma de ser sobria, era desenfadado, simpático y de agradable trato, buen conversador que poseía esa gracia andaluza y el buen humor que le hacían poseedor de aquella especie de “chispa”, frescura y salero que le caracterizaba.
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Igual que hacía en Santa Olalla, hizo en Estepa. De él recuerdan los más viejos, que si hallaba algún pobre pidiendo limosnas por las calles, y sus ropas se hallaban ajadas y maltrechas, se metía en cualquier zaguán, se quitaba el pantalón y lo daba al pobre mendigo. Y cuando recibía la visita de algunos de sus familiares, al hacerle la cama observaban que escaseaban o no había mantas sobre ella, con qué cubrirse.
Vivía en la actual calle Corrientes, en la conocida como “casa del cura”, que siempre estaba abierta a todos. Y también aquí –como en Santa Olalla–, jugaban los chiquillos en el patio.
Todos los días uno de enero, día de su onomástica, tenía por costumbre invitar a su casa a los jóvenes seminaristas estepeños, sacerdotes y otras amistades para celebrar con ellos una comida en el trascurso de la cual solía gastar alguna desenfadada broma a sus comensales invitados. Uno de esos días, fue a una confitería y pidió que le hicieran una gran tarta, encargando personalmente al confitero: “pero que tenga mucho merengue”, ordenándole meter un globo inflado oculto bajo la blanca y dulce cobertura. Y a los postres, con fingida seriedad y graves palabras, cede el honor de partir la tarta a don Patricio Jiménez Cuevas, que a la sazón, era el Rector o Decano del Seminario, que asistía a la fiesta como invitado.
El resto de lo ocurrido ya pueden ustedes imaginarlo, y cómo quedaron de merengue don Patricio y quienes le rodeaban, al explotar el globo pinchado por el cuchillo.
Y así, todos los años hacía esperar a sus invitados alguna broma parecida, ideada por su ingenio y travesura; que no era óbice en absoluto para que su persona gozara de una enorme grandeza de corazón y de un alma rebosante de caridad hacia los más necesitados.
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San Pío X
Seguidor de San Pío X, a quién se propuso imitar en su modo de vida, parecería como si las palabras del Pontífice en su testamento espiritual: “Nací pobre, he vivido pobre, muero pobre”, hubiesen sido pronunciadas por aquél humilde cura que vivió así hasta su muerte, abrazando esos principios que quiso inculcar a los hermanos de la Cofradía obrera de Las Angustias, a quienes les dejó escritas en las Reglas unas palabras como normas en las que él expresaba su deseo de que brillaran entre otras cosas: “…la sencillez, austeridad y pobreza que debe resplandecer en todos los actos y en todas las cosas de la Hermandad”.
Un lejano día, fue trasladado y marchó de Estepa dejando aquí su feligresía y su obra. Y junto con la clase obrera, atrás quedaron también el cariño y la amistad de muchas personas, y un recuerdo difícil de olvidar junto a sus enseñanzas, un camino espiritual que seguir, y el esfuerzo y trabajo de años de labor eclesiástica en  Estepa, que serán difícilmente borrados de la memoria de esta ciudad.
Tras marchar de Estepa, uno de sus destinos fue la barriada jerezana “Caulina”, donde sus vecinos vivían en precarias condiciones. Allí, su gran inquietud social de auxiliar a quienes más lo necesitaban, le hizo comprometerse en el trabajo y la lucha para erradicar el chabolismo, y  lograr que se les construyera a las familias unas casitas más dignas. 
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Años después, ya enfermo y viviendo en una residencia de ancianos de las Hermanitas de los Pobres en Jerez, recibió una emotiva visita de “sus obreros y amigos estepeños” a los que acogió con gran cariño y nostalgia. Con ellos y para ellos, celebró una misa en la intimidad sentado en una silla de ruedas, pues ya le habían sido amputadas las dos piernas.
Murió, como quiso vivir: pobre.
Fue inhumado en el Cementerio Municipal de Jerez de la Frontera, en unos nichos propiedad de la Hermandad jerezana de San Pedro, compuesta por sacerdotes. 
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Allí permaneció reposando muchos años, hasta que sus restos fueron exhumados junto a los de otros ocho sacerdotes jerezanos, y trasladados a la Catedral de la Diócesis de Asidonia-Jerez.
Las nueve cajitas de madera con sus restos mortales, fueron recibidas en dicho templo por el obispo monseñor José Mazuelos Pérez, que celebró un funeral Pontifical con motivo de la celebración del año sacerdotal.  En su homilía, Monseñor Mazuelos dijo de ellos: “Fueron pinceles de Dios que pintaron la realidad de la Diócesis de Jerez”.

Desde las once de la mañana del lunes treinta de noviembre del año 2009, los restos mortales de aquél hombre bueno que vivió una vida de sacrificio y austeridad, esfuerzo, caridad, sencillez y amor a todos sus feligreses, especialmente, a los obreros y pobres de Estepa, descansan para siempre en la cripta central del gran templo catedralicio de Jerez de la Frontera, con todo merecimiento y dignidad, en consonancia con el espíritu tan grande que alentó su vida mientras estuvo entre nosotros.
Reconocimiento, honor y descanso en paz, para él.





Antonio Rodríguez Crujera
Marzo de 2018
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Agradecimientos:
A don Carlos Ros Carballar,  
 a la Madre sor Victoria Lassaletta Pemartín
a don Rafael Romero Jiménez
 y a Dª Isabel González Ferrín, Jefa Área de Archivos 
de la Catedral y del Arzobispado de Sevilla.



miércoles, 20 de diciembre de 2017

TEXTOS ESCRITOS PARA EL CONCIERTO MUSICAL, EN LA IGLESIA DE SANTA MARÍA, EL DÍA NUEVE DE DICIEMBRE DE 2017, EN ESTEPA




El pasado nueve de diciembre, Estepa tuvo ocasión de disfrutar de un magnífico concierto musical con la actuación de varios coros y la banda de música "Amigos de la Música de Estepa".
Entre las diferentes piezas musicales que se interpretaron, se leyeron también unos textos de mi autoría, que sirvieron para incluir en dicho concierto varios pasajes históricos, relativos a la Historia de Estepa y su conquista, la Orden de Caballería de Santiago, la Encomienda Santiaguista, sus personajes más significativos... etc, etc.

Dicho concierto se celebró en el marco incomparable e histórico de la iglesia de Santa María la Mayor y Matriz de Estepa,  -en la que se reflejan innumerables huellas de su pasado Santiaguista-, y donde asistió un gran número de estepeños que ocupó todo el templo.

Conciero que estuvo enmarcado dentro de los actos que durante este año se han venido desarrollando para conmemorar el 750 aniversario  de la Encomienda Santiaguista de Estepa, que como sabemos, comenzó su andadura el 24 de septiembre  del año 1267, con la entrega de nuestro castillo, su villa y sus tierras a la Orden de Santiago, merced al Privilegio de Donación que el rey don Alfonso X entregó en Sevilla al que era entonces el Maestre de dicha Orden, don Pelay Pérez Correa.

Hoy, quiero publicar aquí dichos textos leídos e interpretados durante el concierto, para que puedan ser conocidos por las personas que no pudieron asistir al mismo. 

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ORÍGENES DE LA ORDEN MILITAR DE SANTIAGO

(1)



Experimentado caballero, guerrero y freire he sido en tiempos pasados; viejo ya, a mis años me hallo en el retiro descansando de las fatigas de las guerras, las cabalgadas y escaramuzas contra el enemigo musulmán que usurpa nuestro suelo.

Ahora,  soy custodio de antiguos libros, códices y tratados, extractos y obras escritas que conservo y cuido en la biblioteca de la Casa Matriz que mi Orden tiene en el castillo y monasterio de la ciudad de Uclés, cerca de Cuenca, y en el convento de San Marcos, allá en la ciudad de León.
Dicen los añosos legajos que permanecen en los viejos y empolvados archivos de las bibliotecas dormitando en la quietud de la noche de los tiempos, y cuyas páginas nos transmiten la Historia pasada, que fue en la ciudad de Cáceres, en el reino de León, donde se llevó a cabo la fundación de la benemérita Orden Militar de Santiago de la Espada.
En dichos pliegos y documentos, se dice que Nuestra Orden quedó constituida militarmente, el 29 de julio del año 1170, bajo los reales favores y amparos del cetro y la corona de su creador, el rey Fernando II de León.
Este monarca y el obispo de Salamanca, don Pedro Suárez de Deza, encomendaron a un grupo de trece caballeros conocidos como los “Fratres” o “Caballeros de Cáceres”, la protección de aquélla ciudad, quedando así, fundada y establecida la Orden castrense de Santiago, que no obstante nacida en el reino de León, dos años después, en 1172 ya se había extendido al reino de Castilla. Estos caballeros, años más tarde cambiarían su nombre por el de “Freires de Santiago”.
Si bien es verdad que en otros muy antiguos documentos se dice que en los tiempos del rey don Fernando I de Castilla y de León, a partir del año 1035, se menciona a los Caballeros de Santiago, reflejando las actas y crónicas de aquéllos tiempos, que por esos años primeros del siglo XI, ya tenía nuestra Orden Maestre y Comendadores.
Creóse esta milicia de caballeros muy cristianos y guerreros, con el fin de proteger el Camino de Santiago y luchar contra los musulmanes.
Cinco años después, vino la fundación religiosa atribuida al rey Alfonso VIII de Castilla, con la aprobación del papa Alejandro III, mediante bula otorgada el 5 de julio de 1175 en Ferentino, cerca de Roma.
Aquéllos caballeros fundadores y hermanos míos, arrepentidos de la vida licenciosa que habían llevado, se unieron bajo unas mismas Ordenanzas y decidieron formar una congregación para proteger a los peregrinos que visitaban el sepulcro del Apóstol Santiago en Galicia, y  guardar de los moros las fronteras de los reinos cristianos.
Y así lo expresa el rey Fernando II de León en el encabezamiento de una carta de donación fechada en 1181, y otorgada a don Pedro Fernández de Fuenteencalada, el primer Maestre del Orden, a quien así le dice: “Por esta razón yo Rey Don Fernando II, junto con mi hijo el Rey Don Alfonso, sabiendo que la Orden Militar de Santiago, creada específicamente para contener la arrogancia de los enemigos de la Cruz de Cristo y para extender la gloria del nombre de Cristo por Hispania, etc. etc…”
¡Ah, qué grandes recordaciones de contiendas, batallas y acometimientos pudieron ver mis ojos!
Cuán heroicos fueron los Maestres de mi Orden, siempre a la cabeza de los ejércitos cristianos, seguidos de sus “Treces”, Comendadores, Caballeros y Freires, todos ellos prestos a la lucha tan pronto como eran requeridos; así salían a batallar en peligrosas campañas y en sólidas formaciones que componían las huestes santiaguistas.
Continuamente en la vanguardia, de esa forma hizo siempre la primera Orden de Caballería española su glorioso recorrido por tierras que fueron suyas tras serles arrebatadas a los árabes. Los cascos de sus briosas caballerías y las botas de los hombres que las montaban, hollaron valientes las tierras regadas con sangre cristiana, que habiendo sido ya reconquistadas pasaron a pertenecer a los dominios reales, siendo tras las guerras y conquistas donadas por los monarcas de Castilla y León a sus Nobles, Caballeros, Obispos y Órdenes Militares.
Así sucedió entre otras, con las tierras, el castillo y la villa de Estepa, que veintiséis años después de su conquista, pasaron a convertirse en una de las Encomiendas de la gloriosa Orden de Santiago.

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HISN ISTABBA, LA BELLA MEDINA FRONTERIZA,

SE HACE CRISTIANA

(1241)

(2)

Mi nombre es Abdel Rahmân, que quiere decir, “Sirviente del Misericordioso”.

Me siento joven trovador al que gusta componer bellos romances y loas, y cantor que se deleita acompañando sus versos con el sonar de las cuerdas de la cítara, al compás de armoniosos acordes.

Nací en el seno de una familia que desde generaciones atrás, ha vivido en la pequeña pero preciosa medina de Istabba, fronteriza con el reino cristiano, donde siempre he vivido con mis padres y hermanos.

Era un hermoso y soleado día del año 1241. El castillo y la medina llevaban muchos días asediados; cerradas sus puertas y rodeadas las murallas por las tropas del rey leonés, que hizo plantar sus reales en la parte oriental de la fortaleza, impidiéndonos beber el agua de una fuente llamada de “la Coracha”.

Los aljibes estaban secos, el trigo y otras provisiones ya faltaban en los silos del castillo y en las alacenas de las casas. Animales y personas sufríamos grande necesidad.

Desde el pequeño oasis de paz de mi huerto, suelo oír al Almuecín que a diario, asomado al balcón del alminar de la cercana mezquita junto a la Alcazaba, propaga a los vientos su voz potente convocando a los fieles para el rezo de las oraciones a Alá.  

Ese día al oír su llamada, en el mismo huerto me dispuse a orar el Salát ad-Duhà; la plegaria que se reza sobre media mañana. Y orientando la mirada hacia el sureste, de rodillas y con la frente apoyada en la tierra, pedí a Al-lāh que terminara pronto nuestra angustiosa situación.

Después de mis oraciones, con el sopor del caluroso día caí en una especie de letargo bajo la fresca sombra de la parra. En mi aturdimiento, pensaba que a causa de la guerra con los cristianos en su cruzada de reconquista de los territorios de al-Ándalus, tal vez tendría que verme obligado a abandonar mi querida Istabba; y pensando en ello con tristeza, quedé dormido.

Tras un rato de ensueños y quimeras, me despertó un enorme griterío acompañado de estruendos y sonidos de chirimías, dulzainas, atabales y otros instrumentos. Salí de mi casa y corrí hasta un lugar elevado, desde donde pude ver al victorioso rey don Fernando cabalgando al frente de sus tropas sobre su hermoso corcel blanco, en cuya silla llevaba sujeta ante él, una pequeña imagen de María; la madre del Dios de los cristianos.

Su cabeza iba ceñida con regia y áurea corona, el cuerpo cubierto por bruñida armadura que con el Sol irradiaba dorados destellos, y de su real cintura, colgábale una hermosa espada que parecía estar hecha de la más pura plata y el mejor y más reluciente oro del mundo.

Comprendí entonces con pesar, que la fortaleza de Istabba después de una dura resistencia, aquél día se vio en la necesidad de pactar su entrega por capitulación, obligada por la sed y el hambre.

El rey cristiano marchaba escoltado por una multitudinaria comitiva de peones de infantería bien pertrechados, que le seguían y aclamaban, y por caballeros y nobles de su séquito portando el Real Pendón de su majestad, los estandartes cristianos y los blasones de los reinos de León y de Castilla, cabalgando sobre hermosos y recios alazanes.

Todos ellos se dirigían a lo más alto del Cerro, al centro de la medina, subiendo por un empinado carril después de haber hecho su entrada en ella por una de sus puertas: la llamada “El postigo de la villa”, en el lado de Oriente.

Tras tomar las llaves que le fueron entregadas por el cadí y el alcalde de la fortaleza, dirigióse después junto a su séquito hasta la mezquita o aljama, la cual, mandó consagrar para el rito cristiano bajo el nombre de la Señora Santa María.

Su real persona fue magnánima con los habitantes de la población, y después de entregar la villa a sus caballeros, firmó real cédula por la que nos permitía seguir habitando en nuestra querida Istabba; a la que tanto amo, y que por ella muero.
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¡Ay, mi Istabba hermosa y blanca!

la pena está en mi garganta

y aún así, te hago canción.

¿Qué será del trovador sin poder vivir en ti?

si siempre te llevo en mí:

¡muy hondo, en el corazón!

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PRIVILEGIO DE DONACIÓN DE ESTEPA,

A DON PELAY PÉREZ CORREA,

MAESTRE DE LA ORDEN MILITAR DE SANTIAGO

(3)

El rey don Alonso me ha convocado a su Corte en el Real Alcázar de la ciudad de Sevilla.
Años ha, fui caballero que sirvió fielmente a su padre, el rey don Fernando III; señor a quien con mi sangre, mi espada y consejo, ayudé a conquistar muchas ciudades, villas y tierras por todas las posesiones moras de al-Ándalus; y ahora, con igual fidelidad sirvo a su hijo, don Alonso X.
El deber me llama ante su presencia para recibir de sus manos el Privilegio de Donación del castillo de Estepa y sus territorios, a favor de la Orden de Santiago, de la que soy su Maestre.
Acudí a su requerimiento, y ante su séquito y en presencia de muchos nobles y caballeros de la Orden venidos hasta Sevilla desde otras lejanas tierras del reino, posé mi rodilla en el suelo en señal de acatamiento a su real persona. Una vez todos reunidos en torno al trono real en el gran salón de audiencias del Palacio Gótico, se dio lectura al Real Privilegio de Donación, merced al cual, en mi persona; el decimocuarto Maestre de la Orden de Santiago, Pelay Pérez Correa, se otorgaba a nuestra Orden de Santiago el antes mentado real Privilegio de Donación de la villa, el castillo y las tierras de Estepa, a la Orden que yo gobierno.
Era un sábado día 24 de septiembre del año del Señor 1267. Un escribano secretario del rey don Alonso, en presencia de la Corte, los obispos y demás Nobles y Caballeros presentes, dio lectura al extenso documento del cual os leo sólo una parte del principio, que dice así:  

“Sepan cuantos este privilegio vieren, cómo Nos don Alonso, por la gracia de Dios, rey de Castilla, de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de Jaén, de Algarve; en uno con la reina Violante mi mujer, y con nuestros hijos el infante don Fernando, primero y heredero, y con don Sancho y don Juan. Por gran favor que habemos de hacer bien y merced a la Orden de la Caballería de Santiago, y por servicios que nos hicieron y harán, damos y otorgamos a don Pelay Pérez, maestre de esta mesma Orden, y a todos los frailes que ahora son y a los que serán de aquí adelante por siempre jamás el Castillo de Estepa con todos sus términos, con montes, con fuentes, con ríos, con pastos, con todas sus entradas y salidas, y con todas sus pertenencias, que lo halla todo libre y quito por juro de heredad para siempre, para hacer de ello lo que quisieren, como de lo que es de su Orden; en tal manera que lo non puedan dar, ni enajenar en ninguna manera a ome que sea fuera de nuestro señorío, ni a otro, mas que finque siempre en la Orden para hacer juicio de él a Nos y a todos aquellos que reinarán después de Nos en Castilla y en León”. etc. etc.  “Y porque eso sea firme y estable mandamos sellar este privilegio con nuestro sello de plomo.  Hecho el privilegio en Sevilla por nuestro mandato sábado veinte y cuatro días andados del mes de septiembre del año 1267”.

Y así, desta forma fue como mi señor el rey, dejó en las manos deste Maestre Pelay Pérez Correa, los destinos, el gobierno y la defensa desta villa y su castillo, que de agora en adelante pasarán a pertenecer a la Orden Militar de Santiago, creándose en este suelo la Encomienda Santiaguista que llevará por nombre, el de esta villa de Estepa.



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LLEGADA A ESTEPA, DEL MAESTRE DON LORENZO SUÁREZ DE FIGUEROA

(4)

¡Por ahí llegan!


Gritaban los niños a los soldados y a sus padres, asomados entre las almenas de las murallas del castillo, señalando el carril por donde las mesnadas Santiaguistas con su Maestre a la cabeza, remontaban la pendiente que les encaminaba hasta las recias puertas de entrada a la fortificación.

No lo recuerdo bien, pero pudo ser entre el invierno y la primavera de 1388, cuando al caer la tarde de aquél día, el sol se encaminaba a esconderse tras los Tajillos de la sierra; allá donde un manantial hace correr agua muy fresca.

Abundantes huestes de hidalgos de la Orden, llegaban a Estepa ataviados con vestiduras de blancos hábitos con roja cruz sobre el pecho, y níveas capas que desde sus hombros, se dejaban caer cubriendo las zancas o culatas de sus briosas cabalgaduras. Así aparecieron los aguerridos caballeros avanzando lentamente montados sobre sus corceles; lanzas en las manos apuntando al cielo y adornadas con gallardetes en los que lucían las cinco hojas de higuera de los Figueroa; espuelas doradas, que les fueron impuestas en la ceremonia de su nombramiento como caballeros; cotas de malla bajo el yelmo; recias y bien templadas espadas toledanas colgadas de la cintura, y escudos con la cruz insignia de la orden, prendidos del arzón de sus caballerías.

Venían de las tierras de Extremadura, cansados ya del duro y agotador viaje de largas y frías jornadas en días invernales. Cumplían la misión de visitar las posesiones de la Orden en el territorio de la Encomienda de la villa de Estepa y su castillo, tras haber sido elegido don Lorenzo Suárez de Figueroa, a la edad de cuarenta y cuatro años, como trigésimo tercer Maestre de la Orden Militar de Santiago, el 28 de octubre del año 1387 en Mérida, la ciudad de donde llegaban.

El nuevo Maestre y sus caballeros visitaban la Encomienda de Estepa para observar el estado de su fortaleza, y si era menester, mejorar y afianzar sus defensas recreciendo murallas y torreones, y acometer la construcción de una fuerte y gallarda torre que defendiera la parte estratégicamente más vulnerable y expuesta a los ataques del enemigo.
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Van camino del castillo;

de blanco los caballeros,

con roja cruz en los pechos

sobre cien corceles bravos,

que arrancan piedras del suelo.

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El carril que va hasta el Cerro

Resuena a su paso lento.

A la cabeza, el Maestre

Suárez de Figueroa,

Al que llaman don Lorenzo.

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A robustecer murallas

y torres del baluarte,

que aguantaron con coraje,

y a facer viene una torre

que llamen del Homenaje.

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Para mayor Gloria de Dios,
honra de Enrique tercero
 y en honor a Santiago,

 su Orden y caballeros:

Yo, don Lorenzo Suárez de Figueroa
Maestre de Santiago,

mando facer una torre
en la Encomienda de Estepa,

por protección del castillo
 de la villa y de sus tierras,

que resguarde de los moros

sus lugares y fronteras.

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Y quien quisiere saber

cuánto su costo será,
faga otra igual a ella,

y así de saberlo ha.

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Estepa, diciembre de 2017