Y lógicamente, las habrá también que piensen -y entre ellas me incluyo-, que un crucifijo colgado en la pared del aula escolar, en nada perjudica a la enseñanza del alumnado, ni coarta la libertad religiosa de creer o no creer, así como tampoco implica a nadie ni lo obliga a aceptar o profesar la religión cristiana porque un simple crucifijo presida el aula. Yo estuve en la escuela, y el crucifijo estuvo siempre presente y en nada creo que me afectara negativamente como persona, ni mucho menos influyó en la marcha de mi formación escolar, que no fue mejor, ni peor por estar presente dicho símbolo cristiano.
Se esgrime por parte de los más fanáticos que quieren la retirada de la cruz, el argumento de que nuestro país es aconfesional. Eso me parece bien. Cada individuo es libre de tener la confesión religiosa que quiera, y hasta libre de no creer en nada. Pero también hay que respetar la libertad de quienes quieran creer en la religión cristiana, que es la que hemos tenido siempre, en la que nos hemos criado los niños de ayer, que hoy ya somos mayores, y la que tan arraigada está en la mayor parte de la sociedad de nuestro país, y ha estado presente desde los más remotos tiempos de nuestra Historia. Eso, señores está enraizado en nuestra sociedad y cultura; no se puede eliminar de un plumazo de la noche a la mañana porque lo decrete el primer político al que un día, al levantarse, se le ocurra la idea.
Los extremismos son perjudiciales. Nada es blanco, ni nada es negro. Nada es bueno, ni nada es malo. Hay matices.
La intolerancia, el no respeto a la diversidad, el fanatismo en cualquiera de sus formas, y la incomprensión, son malos consejeros y grandes y poderosos enemigos de la razón y la prudencia.
Se alude también a que nuestro país, por causa de la mucha inmigración venida desde distintos pueblos con diferentes razas, culturas y credos religiosos, se ha convertido en un Estado multirracial, y es evidente que en nuestras escuelas hay niños que en sus hogares profesan otras creencias religiosas. Me parece muy bien. Pero si no son cristianos, deben entender y respetar nuestras costumbres, religión y tradiciones, pues están aquí, en un país que es nuestro, que les acoge y da trabajo, y por ello deben respeto, tolerancia y comprensión, pues hay libertad para creer en la religión que se quiera; pero también han de entender que deben ser tolerantes, benévolos y comprensivos con la nuestra.
¿Qué pasaría si usted emigra a un país donde se profesa la religión árabe, judía, budista u ortodoxa, por ejemplo?
¿Cambiarían ellos sus normas educativas o en materia religiosa porque varios niños cristianos acudieran a sus escuelas?
¿Retirarían sus símbolos, textos o doctrinas religiosas como el Corán, la Torah, los iconos ortodoxos etc.…?
Pues nosotros tampoco debemos hacerlo.
Y nuestros políticos, no deberían ser tan extremosos o extremistas, y sí, defender más al ciudadano, estar a su servicio y trabajar más por él procurando su bienestar y mejora de la economía -que buena falta hace-, y dejarse de tantas cuestiones irrelevantes que poco importan a los ciudadanos, así como evitar confrontaciones entre ellos, que a nada nos llevan; como esta de la retirada del crucifijo de las escuelas, que por cierto, nunca fue pernicioso ni hizo daño a nadie, ni lesionó el normal desarrollo emocional ni educacional de los niños que asistían a las clases. Hay cosas peores.
Una cosa es creer en la cruz como símbolo de la fe cristiana, y otra muy diferente es confiar o no, en las acciones o en las conductas de algunos de los hombres que se encargan de predicar esa fe y dirigir a la iglesia.


Los diez hombres enviados observaron a las huestes moras y el gran bullicio que tenían, y decidieron que cuatro de ellos quedaran allí vigilando los movimientos y número de las fuerzas del infante granadino Muley Hacén, mientras que los otros seis volvieron a informar a su señor el marqués, de todo lo que habían visto.











